9 de octubre de 2010

Nobel

Seria bonito tener un Nobel en la juguetera de la sala. Lo pondría en medio del televisor y del equipo de sonido. Quizás, se llenaría de polvo y me tocara limpiarlo con algún amito, el más blanco que tenga. Tendré que comprar el amito primero, antes de ganarme el Nobel. Quiero ganarme el Nobel y cambiarlo por un Grammy, o un Oscars. No,  mejor lo empeñare para poder comprar las tortillas de hoy. Ya me lo imagino en la juguetera, tieso como un maniquí. Sólo viéndome pasara, quizás se burlara de mi. No importa. Aunque tiene que ser diferente al de García Marques y al de Vargas Llosa. ¿Por qué a Salarrué no le dieron uno? Injusticia, se lo merecía. Pero el Nobel que yo me imagine, lo harán de arcilla y lo quemaran en el horno en el que mi tía cocina el pan. Aunque lo prefiero de mármol Sueco. Combinaría mejor con la cerámica de mi casa. Ya tengo el espacio inerte donde lo pondré, pero les cuento que no me gusta. La juguetera nunca me ha gustado. Se vería mejor en la librera de mi cuarto-estudio. Combinara bien con el repertorio de libros usados que me han regalado. Sí, allí lo pondré. Aunque tenga que deshacerme de algunos libros de historia. Pero le hará compañía a los “cuentos de barro” de Salarrué, ya no estarán solos, ni los cuentos; ni el barro.  Ya minimicé ese espacio idóneo, un bosquejo de 10 X 10 cm. Creo que cabe, tiene que caber. Ya todo está listo, ya prepare el protocolo para esa glamorosa fiesta. Ya soliloquie el discurso que voy a leer. Bueno, no lo leeré; lo gritare hasta reventarle los tímpanos a todos los que no lleguen. Sólo a los que no lleguen. Ahora, tengo que terminar una de las novelas con la que,  posiblemente me lo gane. Cien años de felicidad, o La ciudad sin los perros.

Sí, a Salarrué se lo negaron. Escriba ustéd, talvez usté se lo gana. Pero, felicidades a todos los que ya lo tienen. Y sigo pensando qué, seria bonito tener uno en la juguetera de la sala. 

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