Tengo que salir. Regresare dentro de un par de renglones más adelante. Tengo hambre y no quiero cocinar.
Tengo que callar este concierto en do bemol de mis vísceras. Me levanto, busco algo en el refrigerador, ese que le da belleza a la pared opuesta a mi cama, donde con placidez y lucidez parpadean a diario mis sueños. Abro la puerta de aluminio elegante, y no encuentro nada. Mi apetito se aglomera en el interior de mi cuerpo. El sonido tosco del refrigerador altero mi gula. No hay nadaaaaaaaa.
Tengo que digerir algo. No sólo la canastada de malas noticias que acabo de ver y escuchar en el televisor. Me levanto de nuevo. La cafetera me llama. No, no quiero café. La cafeína hace estragos en mis noches suaves, diáfanas y silenciosas.
Tengo que decidir en este momento. ¿Salgo o no salgo? Rotundamente grito que si. Hay un problema, no encuentro la llave, tendré que ir caminando. La alarma del reloj suena diez veces indicándome la hora. Ya es noche allá afuera ¿Acaso aquí no? Además es peligroso. Bueno, no comeré hoy. Comeré hasta que el miedo flaquee en mi interior, pero sí seguiré escribiendo, aunque, cuando termine no me guste y lo delete. Y las ganas de digerir algo sigan, y yo siga con la manía de no querer cocinar.